Dora y los Japoneses
La mar estaba tranquila aquel día en el Puerto de Cerro Azul, era un día gris de invierno y a pesar de la tenue garúa que caía sobre el pueblo, y el frío húmedo y penetrante que se sentía ese Jueves, la joven Doraliza jugaba sola en la puerta de su casa. A sus 13 años aún disfrutaba del juego infantil de matatenas a media mañana mientras esperaba el llamado de su tía para ir a almorzar. Su casa ubicada a pocos metros de la playa, contaba con una vista privilegiada del mar, gracias a la cual Dora, como prefería que la llamaran, disfrutaba de las hermosas puestas de sol veraniegas que la deslumbraban por la cantidad de colores que le mostraba el cielo mientras el sol se escondía lentamente en el horizonte. ¡Uno, dos, tres, matatena! - Dora disfrutaba de su juego ensimismada, y no notó como en ese mismo momento un enorme barco salía de entre la neblina del mar, y se acercaba lentamente al muelle del puerto. El barco que arribaba no era de los habituales, y los poblador...